Jorge Schubert: “Lo único que me resulta interesante en la vida es conocerme y amar”

legó de su Pigüé natal para cumplir el sueño de ser actor. Con empeño y, tal vez, lun poco de suerte, Jorge Schubert debutó en el viejo ATC con Tiempo cumplido pero la popularidad y el reconocimiento le llegaron de la mano de Zona de riesgo, en Canal 13, y un personaje con el que ganó el Martín Fi erro a la revelación. Uno más uno, Alta comedia, Por siempre mujercitas, Ricos y famosos, Cabecita son solamente algunos de los programas de televisión que hizo, además de cine y teatro. Hace unos años se apartó un poco de la actuación para dedicarse a su otra labor, la de escribir. Publicó tres libros: Despertar en la tierra, en 2008; Morir a tiempo, en 2011; y Otro punto de vista, relatos espirituales en 2013. En pareja con Lyn y papá de cuatro, hoy está terminando su cuarto libro. En una charla con LA NACION reflexiona sobre su transición del actor al escritor, y sobre la aventura de vivir y morir.

-¿Qué recuerdos tenes de tus años como actor?

-Mi recuerdo es el de un chico que estaba viviendo su sueño. A eso había venido, y eso estaba viviendo. De pronto, estaba siendo parte de esa constelación que siempre había admirado, y lo disfruté mucho. Me exprimí. Hasta que comencé a extrañarme y necesité volver a mí. El rol, sin mí, no era muy placentero. Más bien algo incómodo. Y empecé el camino de regreso. La anécdota más curiosa que recuerdo es esa sorpresa constante de estar trabajando con personas que admiraba, y a la vez no confundirlo con mi personaje. Me tocó ser despectivo con Ricardo Darín, por ejemplo, en Perdido por Perdido. Y el reto era no pedirle un autógrafo en medio de la escena (ríe).

-¿Cómo fue llegar a una gran ciudad para cumplir un sueño?

-Llegué a los 17 años, terminada la secundaria. Y fue una progresión exacta, te diría, entre estudiar teatro, recorrer canales, soñar proyectos, trabajar para subsistir, conseguir algún bolo o personaje con cierta continuidad, hasta que sentí que había cumplido esa etapa, y decidí dar un salto. Lo primero que hice fue empezar a decir que no a todo lo que antes decía que sí. Los productores perciben cuando estás listo para dar ese salto, y en ese momento Jorge Maestro y Sergio Vainman lo percibieron, y confiaron en mí para Zona de Riesgo. Mi agradecimiento, siempre, hacia ellos.

-Hace un tiempo que no trabajas como actor, ¿te despediste? Si es así, ¿fue una decisión consciente?

-El actor siempre está. En lo cotidiano me aparece todo el tiempo. Todos somos actores, en última instancia, personificando un rol que creemos ser. “Des identificarnos” de ese personaje, Jorge Schubert en mi caso, es parte clave de este volver a uno. No sé si esto fue consciente porque los procesos son siempre confusos. Entre lo que está muriendo y lo que todavía no nació, vive la contradicción. Hasta que comprendí que viviese lo que viviese, lo único que me resulta interesante en la vida era conocerme. Y amar. Amar todo lo que pueda.

-¿Pero volverías a actuar o ya no?

-Seguramente volveré a actuar una vez que termine el libro que estoy escribiendo y pueda entregarme totalmente a un personaje y a la historia. Recibí algunas propuestas, de cine en especial, pero siempre me han encontrado sumergido en la escritura. Lo único que sí decidí hacer es una participación en una película que se llama Nacidos al Amanecer, en 2015, y que refería a la conciencia de los chicos nacidos en esta época. En teatro, lo último fue Visitando al Sr Green, durante dos años, con Pepe Soriano, en 2008. Y en televisión, Frijolito o Amarte así, para Telemundo, en 2005.

-Hace muchos años ya que estás en una búsqueda espiritual, y de respuestas existenciales. ¿Cómo empezaste a adentrarte en ese mundo?

-El nacimiento de mi hija me desbordó de un amor que nunca había sentido. Tiempo después escribí: “hasta que nació mi hija, yo sabía lo que era que me amaran. Cuando nació mi hija, yo supe lo que es amar”. El amor trae información nueva o, para ser exactos, eterna. Conecta con lo trascendente, y lo transitorio deja de ser un motor. Los sueños pasan a estar adentro, no afuera. Saber, pasó a ser mi máxima pasión. Recordar, para ser también más exactos, ya que saber es recordar. Mi primer libro es Despertar en la Tierra. La búsqueda de Dios: que alguien me explique qué hago aquí, vivo. Después fui al encuentro con la muerte en Morir a tiempo. Una maestra extraordinaria que me puso en contacto directamente con la vida: “La conciencia que le es prestada a la muerte, le es devuelta a la vida, como un espejo, en la misma proporción”, dice en un pasaje. Y sobre el final, a instancias de mi muerte, comprendo: “La vida, de pronto, no era más que ese milagro que siempre había estado esperando”. Un viaje imprescindible donde la vida se manifiesta a través de la conciencia de la muerte. Mi tercer libro, Otro punto de vista son anécdotas que nunca me olvidaron, y que muestran que lo mismo se puede ver distinto. Son historias que nos invitan a recordar.

-¿Cómo fue ese proceso del que nació el Jorge escritor?

-No fue un proceso lineal. Me crié hasta mis 17 años arriba de un árbol, muy en contacto con la naturaleza. Y ya a los 12 años empecé a ver que el mundo funcionaba de una manera diferente a cómo yo concebía la vida. Me sentía incómodo porque mi código no encajaba en el mundo. Leí Juan Salvador Gaviota (de Richard Bach) y fue como respirar porque me reconectó con lo que estaba olvidando. El cambio fuerte fue cuando me fui a Venezuela y volví enamorado y, naturalmente, empecé a buscar respuestas. Conecté con mucha información. Después estuve encantado durante el embarazo y traté de recuperar mi rol, no ya el de actor porque entendí que mi mujer necesitaba un marido, mi hija un padre y yo a mí y no a un actor. Conecté con mi propio recuerdo y vi la obviedad de un montón de cosas. Entendí que la vida tiene un sentido evolutivo y que todo funciona perfecto. Fue algo muy natural. Durante diez años, el destino de mi vida eran las librerías y me leí todo lo que un ser humano puede leer sobre estos temas y todo me iba despertando algo. Todos los libros me dejaron algo. Una vez que abrís tu canal aparecen recuerdos y el sentido de todas las cosas. De alguna manera, empecé a leer la vida de un lugar más universal. Escribo para tratar de no olvidar más.

-¿Cómo son tus días, hoy?

-Estoy en el tramo final de mi nuevo libro, así que de algún modo sigo con la misma rutina de levantarme a las 7 de la mañana, a escribir. Conectar con el universo del libro me permite ver también mi realidad desde otra perspectiva, y darle un sentido a mis creaciones. Escribir me compromete. Y las revelaciones que me aparecen son tan profundas que a veces me lleva semanas continuar. Me quedé sin Dios, por ejemplo. Y me llevó meses comprenderlo. En algún momento se me plantea que la realidad no es la respuesta, sino la pregunta. Estoy escribiendo un libro fundamental para todo aquel que se está buscando. Hacerse cargo de todo es un proceso demoledoramente esperanzador. Fascinante. Con mi familia vivimos en universos íntimos, cada uno, y compartimos fragmentos del día. Tengo una familia hermosa.

-¿Qué significa que te quedaste sin Dios?

-No es fácil de explicar pero voy a intentarlo. Lo que se me ocurre con respecto a que me quedé sin Dios es con otra pregunta: ¿imaginás una dimensión donde te vuelvas víctima y dejes de ser creadora? Si llegáramos al origen, allí estaríamos, siendo Dios. Esto solo puede captarse desde la unidad. Imposible desde la separación o dualidad en la que vivimos como seres humanos. El impacto no fue solo no tener a quien pedir, sabiendo que era a mí mismo al que le estaba pidiendo, sino no tener a quién quejarme. Llevado esto al punto último de su concepción es, como te dije, desolador, pero demoledoramente esperanzador, a la vez.

-Decís que con tu familia viven cada uno universos íntimos y comparten fragmentos del día.

-Mi esposa Lyn y mis cuatro hijos, de 30, 23, 17 y 14 son todos artistas. Y lo que puedo decir es que son mis hijos ideales. Y mi esposa perfecta. Hace 15 años que con Lyn vivimos en cuartos separados. Es un camino de ida (ríe). Luis Alejandro, el mayor, es hijo de mi esposa y de Luis, su exmarido y luego mi amigo, que vive en los Estados Unidos. Lo críe desde los 5 años, y a los 18, cuando terminó la escuela, se fue a Nueva York a estudiar actuación, y ahora vive en Los Ángeles. Y Lana, que tiene 23, y es puro arte y talento. Está en el camino del teatro, la música, la escritura, la pintura. Y es maquilladora, también. Y anima fiestas para niños. Y los dos más chicos van a la

 

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